jueves, 27 de septiembre de 2012

Sin rostro, sin nombre, sin número

Acto de jura del CNP, mir.es

En la derecha española siempre han confluido sensibilidades dispares. Desde la transición, Alianza Popular y después, el Partido Popular,conseguían amalgamar idearios dispares, como lo son las ideas liberales clásicas, alguna ideas de lo que en otros países son cuestiones de la democracia cristiana y algunos elementos inclasificables e incómodos que al principio parecía que se iban a desplazar hacia los partidos ultra. Sin embargo, aunque el voto ultra lo copen los partidos ultra, no significa que ciertos elementos que no tienen que ver con algunas de sus raíces no se hayan esfumado. Por lo acontecido la noche del 23 de Septiembre y a raíz de las formas de la policía y de la UIP, podemos decir sin ningún tapujo que al frente del gobierno ya no hay liberales. Los liberales m pensaron en el imperio de la ley para proteger al Estado y sus instituciones. Integrados en paradigmas socialdemócratas, los liberales han entendido siempre el imperio de la ley como un modo de proteger la paz social y como un mecanismo de control del poder. El concepto de transparencia ha sido clave para entender este movimiento crítico dentro del liberalismo.

La clave de la crítica al liberalismo clásico se encuentra en una extraña paradoja que podemos encontrar en uno de los padres de las modernas doctrinas políticas, Thomas Hobbes. Llamarlo liberal es un anacronismo, pero lo cierto es que el núcleo duro de su teoría política alberga algunas de las ideas clave para pensar el Estado moderno, antecedente de las democracias contemporáneas. Hobbes cayó en la paradoja de dar al regente del Estado poder pleno para que nadie tomara la ley por su propia cuenta y pudiera, por todos los medios que fueran necesarios, reinar el orden y la paz. Este es el principio del "imperio de la ley".Pero ¿es posible dar el poder absoluto a alguien con garantías de que éste lo vaya a usar en beneficio de todos? Y lo que es más importante, ¿qué pasa si el poder absoluto se torna en tiranía? Ante estas preguntas, de Hobbes solo tenemos una respuesta: "si tu has votado eso, estar en contra a posteriori es como estar en contra tuya". Lo curioso es que versiones de este mensaje se oyen todavía, a pesar de que el liberalismo se reformó para dar cabida a la posibilidad de acabar con el gobierno establecido si éste se convertía en una tiranía. El voto regular es uno de los mecanismos que se suelen poner de ejemplo como modo de control del poder, y con el tiempo se ha convertido en excusa recurrente ante excesos y mentiras, a pesar de que otros mecanismos, como el referendum vinculante y la obligatoriedad de cumplir los programas electorales se han hecho fuertes como medio de control del poder. La implementación de estos mecanismos han terminado por establecer la diferencia entre  "democracias avanzadas" y a "democracias" a secas. En la sociedad de la información, la transparencia se ha hecho una demanda social, como lo han sido los medios de control del poder y la permeabilidad de la clase política a los problemas, puesto que el calado y el tamaño de los mismos es a la vez micro (que afecta a unos pocos, dentro de una comunidad) y macro (globalización). La mentada transparencia es un modo de control del poder, un medio para saber dónde ir y qué preguntar y en suma, una forma de pedir responsabilidades sin ambigüedades ni trabas.

Pero en España ya no hay liberales, no al menos liberales concienciados y permeables a la realidad que vivimos. El 23 de Septiembre en Madrid habrían simpatizantes y no simpatizantes con las causas y los modos de las manifestaciones, habrían votantes del PP y del PSOE, habría gente en sus casas y gente en la manifestación. Ante el congreso y en Neptuno, entre los gritos y las gentes, había espectros, espectros con porras y cascos, vestidos de azul. Cuando el poder es etéreo e innombrable, cuando desde la sombra se planea golpear e intimidar, el ciudadano pierde todo el crédito en aquéllo pensado para protegerle. Porque al margen de la extrema dureza empleada (como los golpes por encima a de la cintura, como cuello y cabeza), la gravedad del asunto estriba en que el poder decidió desconectar el canal de conexión entre la toma de decisiones políticas y la posible reclamación del ciudadano ante las mismas. La prueba de ello es la falta de identificación sistemática por parte de la policía que cubrió lo que acontecía durante las propuestas que se ha constatado en la red. Cuando tal cosa ocurre, el Estado pasa a otro nivel, que ya no es el Estado de derecho que parieron los liberales, sino un Estado policial que pensábamos que habíamos dejado atrás, en el que el Policía no sólo es la autoridad y parte del poder ejecutivo (como pensamos que debe ser), sino que ejerce el papel de un fantasma inmune a toda petición de responsabilidad, una criatura etérea y sin rostro, al que el ciudadano sólo puede temer. Si lo que vimos el martes es fruto de una decisión política, el fantasma no es ya la policía, sino la propia política.


martes, 25 de septiembre de 2012

Delirium democratica

"Gente sin complejos", J.M

Hoy no se hace ninguna fiesta a la democracia, porque cuando la sede del poder se blinda como lo ha hecho hoy, algo va mal, tanto a un lado del cerco como al otro. Las instituciones del Estado parecen andar al borde del colapso, no sólo por la triste imagen que están ofreciendo en tiempos convulsos, donde la entereza es más necesaria si cabe, o por el desmantelamiento al que están siendo sometidas, sino porque ante la lenta agonía, las instancias políticas o colaboran con ello o no les es posible invertir la tendencia, lo que produce una enorme frustración a una minoría a un lado del cerco y a una buena cantidad de ciudadanos, al otro lado. La clase política se blinda por temor y mira con una indiferencia sobre el cerco que asusta. Parte de ella simpatiza, usándola como arma electoralista. Nadie hace autocrítica, todos se lavan las manos y da la sensación de que simplemente, la inercia los mueve, como un barco sin vela.

Pero, PPSOE es lo votado. La mayoría de los Españoles quisieron esto. Sin duda, las leyes electorales y las formas de reparto del poder favorecen esta clase de mayorías, que a luces de buena parte de la ciudadanía pueden resultar injustas. También es cierto que ahora el gobierno miente e incumple promesas electorales, amaga cual jugador de póquer sus próximas jugadas y confunde con su terminología con la clara intención de deformar la realidad o imponer una cortina de humo.Y es que cualquier crisis, si merece tal nombre es porque toca a todos los niveles: económico, político, social, ético y en suma, a nivel humano. Nadie se libra de la degradación o de la pérdida de referencias. La humanidad misma se desgasta con cada nuevo palo a la historia de esfuerzos que nos precede, con cada nuevo escándalo político y social y con cada nuevo vecino (familiar, e incluso uno mismo) que acaba en el paro y sin nada que hacer. El hastío se hace insostenible y la manifestación de la impotencia y la indignación se calienta, pero ¿finalmente uno debe recurrir a la insumisión absoluta? ¿echar abajo todas las instituciones para erigir unas nuevas es realmente la panacea? Parece ser que es así como hoy se pretende vender el relato. El gran relato de una revolución pacífica y democrática. Y la verdad, tal cosa será si finalmente la democracia que emerge es a todas luces mejor, infinitamente mejor que la enclenque y algo anacrónica democracia representativa que tenemos y tras una transición justa y sin violencia, donde todos tengan su representación y no se deje atrás a nadie, votante del PPSOE inclusive. Tras imponer este supuesto, que abre multitud de interrogantes, servidor  se pregunta si desactivar la política es benigno para la democracia. Volviendo a lo anterior y para que no me echen los perros demasiado pronto, servidor también se pregunta qué le puede pasar a nuestra democracia si continúa a este ritmo de desgaste.

En el fondo, no sólo me preocupa la idea de que el remedio pueda ser peor que la enfermedad, o que simplemente todo esto esconda un cambio de roles de aquéllos excluidos por el sistema de mayorías o que sea el intenso destilado del malestar social, que ha explotado en ese sentido. También me mueve parte del fondo, sobretodo aquél que tiene que ver con las ideas de "representación" y "voluntad de diálogo". En el imaginario de los colectivos que hoy son la vanguardia del 25S ronda la idea de que una verdadera "deconstrucción institucional" será de inmediato y sin ninguna clase de fractura, el remedio para todos los males. Y debería serlo, si no pretende ser incoherente consigo misma,  además de incluyente, siendo capaz de amalgamar a todos aquéllos con voluntad de construir democracia, consenso y diálogo, por rancios y anticuados que nos parezcan. Creo que si hoy no habrá nada de esto es por lo mismo por lo que el 15M erró el tiro: había mucha voluntad de avanzar, ideas, gran energía y emoción, pero faltaba diversidad y una buena dosis de razonabilidad. Por entonces, el intelectual polaco Zygmunt Bauman, alabó el fondo, pero para explicar parte de su etérea actividad, dijo: "El 15M es emocional, le falta pensamiento (...). La emoción es inestable e inapropiada para construir nada coherente y duradero". En la misma entrevista, Bauman añadía: "si la emoción es apta para destruir resulta especialmente inepta para construir nada. Las gentes de cualquier clase y condición se reúnen en las plazas y gritan los mismos eslóganes. Todos están de acuerdo en lo que rechazan, pero se recibirían 100 respuestas diferentes si se les interrogara por lo que desean". Me aventuro a decir (porque a toro pasao' no tiene ninguna gracia hablar, que es lo que harán todos los comentaristas mañana) que los más enrarecidos de cada uno de los rinconcitos donde el 15M floreció andan ahora en Madrid, y que sus virtudes y vicios los acompañan.

Tristemente, a los lados del cerco policial se viven realidades muy distintas y con múltiples caras, de difícil lectura.  La indignación genera sus frutos y la clase política, desconectada de la realidad, se esconde tras la premisa de perdurabilidad y estabilidad de las estructuras del Estado para no se sabe bien qué, con una ciudadanía cada vez más enrarecida a las puertas que clama por un cambio de modelo que nunca llega. A ambos lados, se canta democracia cuando se quiere decir socorro. 

sábado, 22 de septiembre de 2012

A vueltas con la educación

"Academia", J.M

"LGE, LODE, LOSGSE, LOPEGD, LOCE, LOE Y LOLAILO", se podía leer hoy en las redes sociales. La acumulación de leyes y de cifras que día a día políticos y expertos nos lanzan comienza a ser una suerte de circo en el que el cuidadano empieza a sentir que el asunto es una broma pesada que parece no tener fin. Los debates y tertulias no aclaran absolutamente nada porque el universo de la pedagogía, el absorbente mercado del trabajo, el interminable debate de las autonomías y toda una serie de consideraciones legales forman un potaje infinito e infumable que aleja todo discurso en torno a la educación de su importante trasfondo humano. Con todo, esto no debería resultar chocante, puesto que cada nueva ley ahonda, cada vez más si cabe, en el proceso de deshumanización de la escuela que la convierten en los lugares grises y fríos que son hoy. El concepto de fracaso y el de rendimiento (ambos importados del imaginario de nuestro mundo competitivo, capitalista e industrializado) arrasan con todo a la hora de intentar una ley que de con la tecla del futuro y el progreso porque la priorización excesiva en estas dos ideas logra por pura hipertrofia auténticos engendros. 

Desde hace bastante tiempo el modelo de escuela está sufriendo el cambio de la inclusión de la institución dentro del panorama internacional y globalizado. "La escuela no puede ser lo que era porque debe adaptarse", se nos dice. Ciertamente, la escuela no puede darle la espalda a lo que acontece, pero en el proceso pierde a marchas forzadas sus señas de identidad porque se intenta confundir la educación con la instrucción. Estar educado es sin duda poseer una habilidades y una competencias que en suma son la prueba de que somos personas instruidas. Pero tener una buena educación es muchísimo más que estar a la cabeza en el informe PISA. A pesar de que cualquiera admitiría esto, las fuerzas que nos empujan a crear una escuela cada vez más segregada y competitiva son tan irresistibles que los fundadores de la Academia llorarían de pena al ver la cesión, cada vez más agresiva, que las escuelas hacen a los legisladores, marionetas cuyos hilos se pierden en la trama del poder. La masa de pedagogos y docentes parecen no contar para nada o no tener nada que decir si no es reforzar lo que se demanda.

La derecha española ha tenido siempre la bondad de ir de frente. Su escuela es competición, rendimiento y dar el todo sólo en lo que se exige. Ni más, ni menos. Si hay que elegir ser carpintero a los 14, pues al menos, el país ya cuenta con un carpintero. Al otro lado, "a dios rogando y con el mazo dando". Se nos han colado toda suerte de monstruos legales con cara simpática que no eran sino más de lo mismo. La LOE incluía el concepto de competencia, que a pesar de contar con el beneplácito de pedagogos de todo signo, aparece fuertemente vinculado al concepto de calidad, lo que a servidor siempre le ha parecido una puerta abierta a la entrada de otra clase de valores ajenos al universo de la educación. En general,  las últimas de las últimas reformas sólo se salvan algunos apartados dedicados a la integración y a las necesidades educativas especiales. Tristemente, estas cuestiones al final han quedado en auténtica agua de borrajas, puesto que los programas rara vez cuentan con al financiación necesaria, por lo en última instancia y al margen de leyes, las prioridades suelen quedar al descubierto en prácticas, más que en papeles.

Por mucho que la competencia social y ciudadana y la educación en valores se mente mil veces en las leyes y se implementen medios para llevarlos a las aulas, la educación está guiada por unos principios que sepultan toda actuación en este sentido. La educación griega tenía claro que había que estar instruido. En la Academia, una inscripción rezaba: "nadie entre aquí que no sepa matemáticas". Para Platón, las matemáticas y su comprensión eran fundamentales, pero tenía bien claro que eran materias instrumentales y propedéuticas y que, como cualquier griego, entendía que la educación era algo más que la adquisición de destrezas, era el esfuerzo por desplegar todo el potencial humano que cada cual lleva consigo. Todo esto seguro que suena a monserga poética y hasta puede dar pie a querer una racionalización mayor en vista de una educación en manos de poetas sentimentaloides, pero no me cabe la menor duda de que el camino contrario está adormeciendo la escuela, cosificándola y convirtiéndola en una institución alientante.

Por último, encontramos que los docentes sienten la cada vez más poderosa presión de una sociedad que exige sin conceder ningún tipo de apoyo. Internet y la tele ejercen una influencia que resulta difícil de contrarrestar en las aulas y sin embargo, ellos son la clave, porque los legisladores no se enteran de que a golpe de Ley Orgánica la educación no va a arreglarse y a producir frutos apreciables a corto plazo. Al hilo del manido tema de la docencia, recuerdo que alguien me dijo alguna vez que el techo del sistema educativo es la altura de sus docentes. Pues, mal asunto, porque los docentes de hoy son los primeros en empezar a sufrir la deshumanización del aula, que han mamado desde el primer día cuando hacían la EGB. Por si fuera poco, la crisis aumenta la presión sobre el alumno, que no tiene ni idea de lo oscuro que puede llegar a ser el futuro en un ambiente que le exige escoger cada vez más pronto qué es lo que va a ser de su vida sin saber lo triste que resulta para una sociedad contemplarlos como la nueva cobaya del Ministerio de Educación. 


martes, 18 de septiembre de 2012

Brillantes Martillazos (IX): George Ritzer

Co-po orange packing plant, Jack Delano, 1943

"La universidad moderna puede llegar a convertirse, por numerosas vías, en un lugar altamente irracional. Muchos estudiantes (y miembros del claustro) se desaniman por la atmósfera parecida a la de una fábrica en la que se respira en tales universidades. Se deben sentir como autómatas que serán procesados por la burocracia y el ordenador, o incuso como ganado que pasa por una planta de procesado de carne. En otras palabras, en tales establecimientos la educación puede llegar a ser una experiencia deshumanizante. Masas de estudiantes, grandes e impersonales dormitorios y abarrotadas clases, hacen que sea difícil llegar a conocer a otros compañeros de estudio. Las clases abarrotadas, limitadas estrictamente por el reloj, hacen casi imposible conocer a los profesores de verdad. Como mucho, se puede llegar a conocer a un profesor o ayudante que tenga a su cargo un seminario. Puede que las notas las decidan una serie de ordenadores que corrigen cuestionarios y pueden anunciarse de manera impersonal, a menudo mediante el número del carnet de identidad y no por el nombre del alumno. En resumen, los estudiantes quizás se sientan poco más que objetos sobre los que se derrama saber a medida que van pasando por la cadena de montaje educativa que proporciona información y otorga títulos".

George Ritzer, La McDonalización de la sociedad, 1993



sábado, 15 de septiembre de 2012

El orden en la imagen: la cámara de fotos como espejo del mundo mediático

"Convención", J.M

Nos encanta el orden. Llámese mengano o zutano, sea blanco, negro, mujer u hombre, de aquí o de allá, encontraremos algún momento en el que admitirá que el orden, al menos en una parcela importante de su vida, es necesario. Lo cierto es que aunque nuestra casa sea un auténtico caos, aunque olvidemos constantemente dónde hemos aparcado, cómo se llamaba el primer presidente de los Estados Unidos o quién es el Ministro de Exteriores, ordenamos desde las nubes hasta lo que se dice y cómo se dice. El orden  lo encontramos importante, vital diríamos: cúmulos, estratos, cirrostratos, sujeto, verbo, determinante, "nunca digas yo al inicio de una frase", "ni se te ocurra soltar una broma ante un tribunal"... etc. 

La clave de todo orden es su poder coercitivo. Todo orden clarifica, jerarquiza y como se puede intuir por su raíz etimológica, manda. Para hablar, es necesario que el discurso esté ordenado, que las palabras sigan un determinado orden y que se adecuen a una serie de reglas. De lo contrario, no habría discurso inteligible. Lo mismo puede ocurrir con otras formas de expresión. Costaría distinguir un poema de un texto científico, una foto de un ballet. Ahora bien, a pesar de que toda coerción tenga adosada una vertiente habilitante, podemos preguntarnos si el ordenamiento puede integrar algún elemento oscuro. Al hilo de esta cuestión y en torno al tema de la coerción en el discurso se expresó Michel Foucault en los 70', en un famosísimo texto titulado El orden del Discurso:

"Supongo que en toda sociedad la producción del discurso está a la vez controlada, seleccionada y redistribuida por un cierto número de procedimientos que tienen por función conjurar los poderes y peligros, dominar el acontecimiento aleatorio y esquivar su pesada y temible materialidad".

Foucault entendía que los distintos discursos (político, teológico, tecnológico, filosófico...) responden a unos  códigos que imponen forma, tema, autor (entendido como un título de pertenencia a un grupo) e incluso una verdad determinada y paradigmática a los discursos. El "acontecimiento aleatorio" para Foucault no es más que aquélla singularidad que escapa al orden al discurrir fuera cauce del discurso institucionalizado. En definitiva, ese acontecimiento es el monstruo, lo que está afuera del discurso que atisba una alteridad al mismo, una "terrible materialidad" que anuncia otra verdad cuya tragedia consiste en estar afuera sin ser dicha ni estar dotada de forma o integrarse y formar parte del orden, diluyendo su autenticidad en la masa.

La imagen no se escapa a su propio orden. La reproducción masiva de la que hablaba Walter Benjamin a principios del siglo XX se ha hecho realidad a una escala que sin duda le sorprendería. En lo que a fotografía se refiere, los procedimientos químicos están en vías de extinción y la era de las CMOS baratas y de calidad, unida a la era del plástico, del "made in thailand", el Foxconn, la proliferación y la facilidad para acceder al software de tratamiento de imágenes y la sacralización de la cámara réflex, han hecho de la fotografía un arte masivo, auratizado y fuertemente codificado. Walter Benjamin acertó en la forma en que los medios técnicos conseguirían hacer popular el arte y acabar con el aura mágica de la obra original, y lo hizo especialmente si estamos pensando en la fotografía. Ahora todo el mundo tiene acceso a la obra a través de flickr y no hay una totemización de la obra original, puesto que tal cosa practicamente no existe: son unos y ceros en algún servidor perdido en Moldavia, San Petersburgo, Nápoles o Chinchilla de Montearagón. Afortunadamente o no, la imagen no se venera, simplemente se admira unos segundos y se olvida.  Sin embargo, la veneración perdida se traslada, curiosamente, a los medios técnicos, e incluso a la propia técnica: la cámara de fotos (especialmente reflex) y la particular manera de fotografiar del fotógrafo. Cuando la máquina y el técnico de la misma hacen acto de presencia, se producen cambios en la escena, todo el mundo se ve afectado. !Ponte guapo, puedes acabar en facebook, flickr, o quién sabe, sobre el papel!

El mero hecho de poseer una cámara digital (y de nuevo, mejor si es réflex) ya te convierte en un miembro del club, en un signo de pertenencia a la comunidad de fotógrafos que mantienen el orden de la imagen: el conjunto de códigos y normas que hacen que una foto sea o no aceptada y difundida. Con la cámara en las manos, el nuevo usuario aprende los rudimentos de la imagen y los fundamentos de su reproducción (masiva, hasta que el obturador aguante o el sensor se queme). Es en este proceso en el que el usuario vive en la imagen, lee las imágenes tópicas dentro del orden para aprender y  las reproduce, dando fuerza al orden. En este contexto, la facilidad con que las cámaras digitales permiten al usuario retratar el mundo han convertido a la cámara de fotos en un producto-espejo del universo mediático: parida por el universo de la reproducción masiva, la cámara de fotos digital se ha convertido en uno de los medios favoritos para reproducirlo y perpetuarlo. Al final, encontramos algo así como una "cara negativa" en el orden. Cuando Michael Freeman afirma que "hay una exceso de flores, de arquitectura de ladrillo y paisajes sin nada especial", hace referencia a la falta de interés por otra cosa que no es el propio orden de la imagen, la salida a fotografiar no ya para glosar o referenciar una obra, sino por la pura reproducción, por ser un espejo del mundo dominado por unas determinadas imágenes tópicas que se ven reproducidas hasta el hastío. El fotógrafo Simon Norfolk llega bastante más lejos, y su preocupación tiene que ver con la alimentación de un tópico con la repetición y cómo este tópico altera la percepción que se puede tener de nuestro mundo."Todo el mundo hace las mismas fotos, se crea una memoria colectiva estereotipada que no es real", ha llegado a decir. ¿Es posible salirse de esa memoria colectiva? ¿Toda imagen responde de alguna manera al estereotipo? Si es así y nos descubrimos a nosotros mismos frente al estereotipo ¿tiene sentido hacer la foto?

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Guerra y realidad virtual

Solid Snake, en Metal Gear 4: Guns of the Patriots, 2008 

Todo nos influye, incluso lo que pensamos que es inocuo y completamente inocente puede tener efectos muy difíciles de sopesar en nuestras valoraciones y prácticas. La idea de que la guerra es como en Top Gun (1986) o como en los videojuegos puede tener efectos realmente perversos en nuestra percepción de la violencia en general y de la forma más sofisticada de la misma en particular, que es la guerra moderna. Incorporar formas de violencia privadas de crudeza al ocio no nos convierte en potenciales reclutas, pero posiblemente, nos predispone de alguna manera a tolerar nueva violencia filtrada por los canales habituales de la industria cultural masiva. Y como solemos sugerir, a mayor tolerancia y ductilidad a ciertos canales y códigos, nos encontramos ante "caminos" abiertos para alterar la realidad y hacer al sujeto más dócil ante determinados mensajes y doctrinas. 

La guerra de nuestros días es la guerra de la información, pero también es la guerra electrónica y la guerra a distancia. La psicología de la guerra es completamente distinta desde la confluencia de dos factores imbricados: el perfeccionamiento de la balística y la importancia de los medios informáticos en la recogida de datos y la guía de los dispositivos autopropulsados. ¿Qué significa esto? En términos generales, podemos decir que la guerra y su psicología se mueven en el ámbito de la frialdad de los chips y la distancia, en el ámbito de las pantallas y los datos en bruto que, como no, se recogen sin dejar rastro, a una prudente distancia. Y aunque es cierto que en la guerra todavía es necesario el uso de soldados y los medios terrestres son obligatorios para el control del territorio y la ocupación, la guerra se ha ido alejando progresivamente del cuerpo a cuerpo para comenzar a ser una guerra de recogida de información y lanzamiento. Apretar el gatillo o esgrimir la bayoneta en la guerra de trincheras (o en la guerra de guerrillas o urbana, resquicio esta última del combate genuino) es muy distinto a dirigir con un joystick, cual videojuego, un dron de combate cargado hasta los topes de material de eliminación. La mente humana no se enfrenta a la sangre, a los gritos de dolor y a los cuerpos inertes y mutilados. Es mucho más sencillo y lo que es más importante, el game over no es la muerte, sino en todo caso, la pérdida de la extensión del soldado en el terreno: el dron o el misil. El proceso de distanciamiento necesario para apretar el gatillo, la programación mental necesaria para alejarse de toda empatia ya no forman parte del entrenamiento cuando entramos en la psicología de la guerra moderna. Matar y destruir dentro de este paradigma cognitivo puede resultar menos dramático pues no nos enfrenta a la realidad sino a una versión virtual de la misma. Dicho entrenamiento está de alguna manera incluido de serie en los productos de la industria cultural porque a todos ellos subyace la fuerte convicción de que la pantalla es todo cuanto hay y que la realidad virtual del mundo de las pantallas es más real que una sencilla vuelta por el barrio, una conversación con un vecino o el acto de comprar el pan. La práxis diaria revela que vida virtual no es sólo una prolongación de la vida real, sino que casi se solapa, la pisa y coloniza hasta un extremo en el que es complicado distinguir entre ambas. La pregunta es si esta confusión puede difuminar las fronteras de lo humano.


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Ahora que el joystick, el botón y la pantalla son los medios de hacer verdad, es posible que los códigos narrativos que muestran la guerra como un juego o como una realidad ineludible sean también, aparte de vehículo de una sensibilidad particular (a través de una fotografía o un guión), el medio de hacer encajar la violencia en nuestros esquemas culturales. Ahora que la guerra cambia a una guerra impersonal en la que las acciones son etéreas aunque igualmente ignominiosas a las de la guerra convencional, las formas en que la cultura se hace, se distribuye e incluso se sienten y disfrutan, se impregnan de su forma y sentido. Los videojuegos se nutren cada vez más del lenguaje de la guerra. En los videojuegos se busca un realismo y una experiencia bélica cada vez más morbosa al tiempo que se procura, en forma y contenido, obviar la distancia que existe entre la diversión de matar ente bits y lo que realmente es la guerra. Por su lado, la televisión, distorsiona la imagen de la guerra a través de realities y de documentales donde se especula en torno a la potencia y la violencia destructora de las armas. Curiosamente, nunca hay sangre en un documental sobre armas. Triunfa la psicología de la muerte a distancia y lo hace a base de muertes limpias e higiénicas para la conciencia, abonadas a partir de la ideología de la eficiencia sin límites y de la realidad virtual-real que nos queda servida en la mesa cada día. "Está pasando, lo estás viendo".