domingo, 18 de diciembre de 2011

Brillantes martillazos IV: Sigmund Freud

"Diríase que es un cuento de hadas esta realización de todos o casi todos sus deseos fabulosos, lograda por el hombre con su ciencia y su técnica, en esta tierra que lo vio aparecer por ver primera como débil animal y a la que cada nuevo individuo vuelve a ingresar -oh lenta naturaleza- como lactante inerme. Todos estos bienes el hombre puede considerarlos como conquistas de la cultura. Desde hace mucho tiempo se había forjado un ideal de omnipotencia y omnisapiencia que encarnó en sus dioses, atribuyéndoles cuanto parecía inaccesible a sus deseos o le estaba vedado, de modo que bien podemos considerar a estos dioses como ideales de la cultura. Ahora que se encuentra muy cerca de alcanzar ese ideal, casi ha llegado a convertirse, él mismo, en un dios, aunque por cierto sólo en la medida en que el común juicio humano estima factible un idea: nunca por completo; en unas cosas, para nada; en otras, solo a medias. El hombre ha llegado a ser, por así decirlo, un dios con prótesis: bastante magnífico cuando se coloca todos sus artefactos, pero éstos no crecen de su cuerpo y a veces aun le procuran muchos sinsabores. Por otra parte, tiene derecho a consolarse con la reflexión de que este desarrollo no se detendrá precisamente en el año de gracia de 1930. Tiempos futuros traerán nuevos y quizá inconcebibles progresos en este terreno de la cultura, exaltando aún más la deificación del hombre. Pero no olvidemos, en interés de nuestro estudio, que tampoco el hombre de hoy se siente feliz en su semejanza con Dios.

martes, 13 de diciembre de 2011

4:3, 16:9

Parece que no hay mucho mundo más allá de las ventanas que forman la televisión e internet. Son lo más parecido a un mundo a medida. Cuando algo no quiere ser visto, se cambia de canal o se cierra la ventana. No solo es posible apartar la vista “al por mayor”, sino que se puede ir más allá, pues si queremos creer en lo que queremos creer, encontraremos un mundo hecho nuestra imagen y semejanza. Conspiranoicos, liberales radicales, anarquistas, frikis de todo género, marxistas-leninistas, coprófagos, amas de casa y en definitiva, cualquiera (por ejemplo usted y yo, lector) pueden encontrar (o crear ellos mismos) su propio guetto mental. Nadie entra allí y se siente cómodo sin la “marca”, el signo de pertenencia. Todo son ventajas: uno puede hacer y deshacer amigos con un solo click. Y además, a la carta: amigos para intercambiar palabras relacionadas con el cine, otros para intercambiar palabras relacionadas con la música, otros para desahogarse de vez en cuando y otros con los que no hace falta ni hablar, solo intercambiar enlaces. Conectarse por conectarse, donde la propia conexión es el fin, no el medio, parece la norma. No estar conectado es la nueva forma de exclusión social.

A medida que en nuestro mundo se multiplica la presencia de pantallas (en los escaparates, en cada habitación de la casa, en las aulas, mientras se pasea, en una reunión de amigos, durante la cena de empresa...), crecen las conexiones mediadas por ellas, a la vez que crece una nueva forma de aislamiento, basada en la influencia que las pantallas y las conexiones ejercen en la forma en que se relacionan las personas. Cada vez con más frecuencia, la imagen que se tiene de los vecinos al cruzar las puertas de nuestras casas es que esas gentes son cohabitantes, nada más. Las gentes a nuestro alrededor tienen un estatus meramente accidental. Unas veces nos sirven. A veces incluso molestan. Esto se produce en un contexto en el que las relaciones entre las personas se encuentran fuertemente influenciadas por las formas de conectarse en el cibermundo. No me cabe duda que a mayor influencia de estas formas de intercambio interpersonal en la red, se produce un mayor desgaste del intercambio relacional face to face. Sin ir más lejos, las gentes casi confunden una con la otra con el mero hecho de transformar las ventajas de una en la falta de sentido de la otra. Las formas de habla cálidas donde el contacto con el otro produce un vinculo más allá de la mera “conexión por la conexión” se desgastan en la medida en que el mundo del bis a bis se ve colonizado por las formas de habla mediadas por pantallas, cables, redes y bits. Estas últimas, formas de habla frías que generan distancia. Esta es la paradoja del aislamiento mediante pantallas: a mayor cantidad de pantallas, mayores conexiones, pero también mayor frialdad.

En nuestros castillos hechos a base de conexiones y cambios de canal encontramos la calidez a través de formas de acicalamiento social que retroalimentan estos reinos en la red. Sin embargo, además de la frialdad que se genera en el contacto mediado por la red, se produce una creciente desconfianza a lo ajeno al castillo. Cuando se echa el pestillo del castillo, se hace por desconfianza, por temor a la contaminación del espacio, por temor al otro y a la ruptura de la armonía que este puede traer. Recuerdo que Hobbes nos recordaba la necesidad de protegernos los unos de los otros poniendo a prueba nuestra endeble confianza en los semejantes al preguntar si las gentes echan o no el pestillo cuando se van de las casa. Hoy parece que el pestillo se ha replegado. En las casas, hijos y padres ya no encuentran su reino. Los vecinos ya no son los potenciales peligros contra los que tenemos que echar el pestillo. Hoy día, el reino se ha reducido a la propia habitación de los jóvenes o al despacho de trabajo, donde echamos el cerrojo y realizamos la retirada a nuestro propio universo, libre de agresiones. Mientras, crece la desconfianza, la paranoia y el frío se hace más intenso.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Síndrome de Estocolmo

“El pueblo ha hablado”, se dice estos días. No hay duda de ello, pero a pesar de todo, me veo obligado a seguir pensando en los mismos términos en los que me expresaba en entradas anteriores (Aquí dejo el enlace a dicha entrada, a una semana de las elecciones: http://misayputas.blogspot.com/2011/11/el-voto-consciente-o-como-se-convierte.html). Entonces no hablé de pueblo, pues el pueblo, pensaba yo, debía tener una cierta consciencia de qué era lo que estaba haciendo. El efecto alientante y adormecedor que convierte al elector en algo muy parecido a un zombi hambriento me parecía una manera sugerente de plantear el estado de cosas general en lo referente a la cuestión de la ciudadanía en nuestras actuales sociedades democráticas. Seguiré por este camino, puesto que la sensación ahora es exactamente la misma, pero bajo la luz del nuevo espacio “postelectoral”.

El deseo del pueblo ha sido encajado en las urnas y, a través de nuestra particular receta institucional se pretende llevar a la práctica. Veremos exactamente cómo. Muchos han hablando sobre lo que nos deparan los próximos meses e incluso años. Se han hecho pronósticos aterradores, no se si para explicar y preparar, o para asustar y paralizar. Sea como sea, esto lo dejaremos para más adelante. Por ahora, lo que sí es seguro es que en sentido estricto, no habrá oposición. No la habrá porque la izquierda tanto en España como en Europa se encuentra en una especie de pesadilla de la que tendrá que salir verdaderamente transformada para sobrevivir. Los discursos tendrán que ser revisados al margen de debacles electorales. Sin embargo, mucho me temo que esto será imposible. Su modificación será solo una maniobra electoral más sin mucho fondo. La caza del voto será, posiblemente, el nudo corredizo que ate, cada vez más fuertemente, los discursos y la propaganda. De hecho, aunque se diera el fantasioso supuesto de que la oposición tuviera algún discurso interesante y verdaderamente alentador, este no dejaría de ser más que un susurro al lado de los gritos y gemidos de la gente asustada frente al negro panorama. En esa lógica de electoralismo y propaganda, el ciudadano se disuelve y al final resulta que el miedo y la inseguridad solo sirven para mover y convertir, en el peor sentido del término, al elector. Una vez hecho esto y terminada la campaña, creo que el miedo (sembrado astutamente por los aspirantes) ya no importa al los dueños del poder. Y mucho me temo que ahora, en este espacio “postelectoral”, los gritos de auxilio desaparecerán del espectro audible de la hegemonía resultante de las urnas, porque estarán ocupados en ese “actuar”, en esas medidas misteriosas. Y se actuará sin mucho margen para supervisar o replantear las cosas, ya que lo que nos trajo la noche electoral es una mayoría absoluta en un contexto tremendamente delicado.

Es posible que a cambio de una futurible recuperación económica, hayamos entregado como fianza a la democracia misma. Y no tenemos ni idea de cómo nos será devuelta. La afirmación es dura y a más de uno le puede resultar falta de tino, pero atengámonos a una serie de hechos para dilucidar cuál su sentido. Primero, centrémonos en nuestras propias circunstancias: hasta dentro de cuatro años, el gobierno tendrá carta blanca para “actuar”, sin importar si cuenta con el beneplácito o no de los demás grupos parlamentarios. Habrá una línea a seguir y no será necesario ningún género de consenso. Es cierto, estás circunstancias están contempladas en las reglas de juego, pero estas no dejan de ser un toro difícil, y es posible que como indicaba Miguel Ángel Rodríguez (ex portavoz del gobierno de Aznar) en el programa de Jordi Évole: "si [a Mariano Rajoy] no se le ven maneras, en Junio va a tener tener la calle ardiendo". A pesar de lo certeras de las declaraciones, lo que realmente me interesa no es cómo se se las va a ver el nuevo gobierno cuando tenga que aplicar medidas, cuando tenga que "actuar", sino el contexto en el que se produce el cambio del 20 de Noviembre. Para ello, desplacémonos un poco: Italia ha tenido que recurrir a un gobierno elegido prácticamente a dedo que todo el mundo califica de “tecnocrático”. Este gobierno será, sin lugar a dudas, una máquina de “actuar”. Grecia quería pensarse mejor las restricciones que imponía Europa para su rescate con un referéndum. Después de anunciar la intención de convocar dicho referéndum, el gobierno no duró ni un corte de pelo. Es cierto que el gravísimo problema requiere una toma de medidas. No es este el espacio en el que discutiremos sobre la dirección que deben tomar las mismas. Tampoco voy a discutir la bondad o maldad de las que están ya en marcha. La cuestión de interés a mi juicio está bajo todo esto, y tiene que ver con la influencia que ejerce este contexto sobre nuestra conciencia y cómo se trasmite esto a nuestras instituciones.

Volvamos entonces al momento en el que decía que nuestra democracia había sido entregada como fianza. Ahora, creo que puedo ir más allá. Yo diría que en cierto modo se encuentra secuestrada. La sospecha que me lleva a expresarme en estos términos es el hecho de que la mayoría absoluta se produce en un momento en el que el partido triunfante se presenta como el partido obediente a la dinámica que se impone en este momento de la crisis. Los no obedientes han caído. Atrás han quedado esos tiempos (2008) en los que los líderes mundiales hablaron de una “refundación del capitalismo” que muchos vituperámos y vimos con buenos ojos. Entonces el "actuar" iba en otra dirección.  La realidad ahora es bien distinta, pues sufrimos un auténtico síndrome de estocolmo. Y es que al menos en cierta medida, la alienación de la que hablaba Marx tiene cierta vigencia. Hemos visto en la forma en que surgen los nuevos gobiernos en Europa y en el resultado electoral en España la muestra de cómo las expectativas y temores de las gentes llegan a solaparse con las aspiraciones y miedos del gran Goliat del mercado en crisis. De este modo es posible dar cuenta del cambio de rumbo ahora que vemos a las gentes mirando con buenos ojos el nuevo rumbo de ese misterioso “actuar” que se adviene. Veremos pues qué es ese “actuar”, cuánto dura el secuestro, cuánto dura la crisis y en qué estado nos es devuelto el rehén y nuestra conciencia.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Brillantes consideraciones IV: Platón-Sócrates


<<Agradezco vuestras palabras y os estimo, atenienses, pero obedeceré al dios antes que a vosotros y, mientras tenga aliento y pueda, no dejaré de filosofar, de exhortaros y de hacer demostraciones a todo aquel de vosotros con quien tope con mi modo de hablar acostumbrado>>, y así, seguiré diciendo: <<Hombre de Atenas, la ciudad de la más importancia y renombre en lo que atañe a sabiduría y poder, ¿no te avergüenzas de afanarte por aumentar tus riquezas todo lo posible, así como tu fama y honores, y , en cambio, no cuidarte ni inquietarte por la sabiduría y la verdad, y porque tu alma sea lo mejor posible?>>, y si alguno de vosotros se muestra en desacuerdo con mi y asegura preocuparse, no le dejaré marcharse al punto ni yo me alejaré, sino que le haré preguntas, le examinaré, le pediré cuentas, y, si no me parece estar en posesión de la virtud, aunque me lo diga, le echaré en cara su poco aprecio de lo que más vale y que estime en más lo que es más vil. Éste será mi modo de obrar con todo aquel con quien yo tope, sea joven o viejo, extranjero o ateniense, pero preferentemente con estos últimos, por cuanto que estáis más cerca de mí por razón de nacimiento. Pues es es lo que ordena el dio, sabedlo bien; y yo considero que no habéis tenido en al ciudad mayor bien que mi labor al servicio del dios. Efectivamente, yendo de acá para allá, no hago otra cosa que tratar de convenceros, tanto a jóvenes como viejos, de que no debéis cuidaros de vuestros cuerpos ni de la fortuna antes ni con tanta intensidad como de procurar que vuestra alma sea lo mejor posible: para ello os decía que no nace la virtud de la fortuna y, en cambio, la fortuna y todo lo demás, tanto en el orden privado como en el público llegan a ser bienes para los hombre por la virtud. Pues bien: si diciendo esto corrompo a los jóvenes, será ello nocivo; pero si alguien sostiene que yo digo algo distinto miente. Y con relación a eso mismo he aquí lo que os diría: <<Atenienses: tened presente que yo no puedo obrar de otro modo, ni aunque se me impongan mil penas de muerte; con este pensamiento, haced caso a Anito o no se lo hagáis, absolverme o no me absolváis>>”.

Apología de Sócrates, Platón, S. VI a.C

viernes, 11 de noviembre de 2011

El “voto consciente” o cómo se convierte uno en un zombi

Para empezar, debemos hacer una mínima aclaración que espero no resulte idiota por su simplicidad: uno siempre es consciente (o inconsciente) de algo, ya que hablamos de un verbo transitivo. Cuando en general hablamos de consciencia se entiende que estamos ante un proceso en el que el sujeto se encuentra ocupado en algo, pendiente de algo; cuidando. Ese algo que ocupa su pensamiento o acciones es precisamente de lo que es consciente. En el terreno de las ideas y pensamientos, nos encontramos que cuanto más interiorizado está aquello de lo que uno es consciente, resulta posible pensarlo más de cerca y resulta que aquello de lo que se es consciente forma parte de nosotros como nuestra carne, luego se cree en ello y se actúa en conformidad con ello con pleno conocimiento. Descubrimos entonces que aquéllo en lo que creemos y pensamos de manera consciente lo vivimos con todas sus consecuencias y que estamos en disposición de hacemos responsables porque estamos cuidando, estamos pendientes de lo que nos ronda en la cabeza y hemos comprendido las puertas abiertas ante nosotros, hemos valorado y hemos elegido. “Esto es como respirar”, podría decirse. Y en parte la analogía es válida, porque al igual que al respirar, si no elegimos nada acabaríamos muertos. Sin embargo, hay algunas diferencias importantes que no son moco de pavo en todo eso. En la elección, nuestra vida tal y como es, está en juego, luego nosotros mismos estamos en juego. Lo que haga (o no, porque no hacer es más a menudo de lo que pensamos un hacer) configura quién soy y cómo hago el mundo que me rodea. Por esto, dejar de respirar y dejar de elegir de esta manera nos llevan a la muerte de distinta manera, puesto que hay gentes de las que diríamos que han perdido la vida pero que respiran y están vivas.

Se puede andar por ahí, como decía Ortega y Gasset, como sonámbulo. Hoy día tenemos un icono mucho más elocuente y adecuado a nuestro mundo postmoderno para describir eso. De hecho, es tan adecuado que, explotado al máximo por la industria de del cine, la televisión, la literatura y el marketing, se olvida de su caracter satírico primigenio. No es otra cosa que el zombi. Esta criatura necesita deambular en busca de presas porque así lo dicta su naturaleza. Y según la película, cómic, videojuego o libro tendrá más o menos capacidades para lograr esto (correrá o no, abrirá o no puertas, saltará e incluso vomitará ácido), pero lo que no hará es preguntarse porqué hace lo que hace. Dicho de otra manera: no se preguntará si es consciente de lo que está haciendo porque el zombi está programado y se moverá en busca de vísceras y entrañas hasta su completa destrucción. Pues bien, no me cabe ninguna duda de que el ciudadano de hoy se parece mucho más que ayer a un zombi. “Hay que votar, vota X, no te quedes en casa...”, se dice constantemente. Esta frase y su concreción en el voto son al ciudadano lo que el hambre y las entrañas son para el zombi. Somos como primos cercanos, somos zombielectorado.

¡Pero demonios, claro que hay que votar!, me suelo decir, porque lo que fundamentalmente nos convierte en zombielectores, no es a quién votamos, sino cómo ejercemos ese voto. Pero como suele ocurrir, siempre nos encontramos con "la última vuelta de tuerca", algo que toca los límites. Por eso el zombielector no es un extremo teórico, sino algo real. La prueba de que en alguna parte encontramos esa vuelta de tuerca en el empeño creciente en combinar a esta criatura comecarne con el ciudadano lo he encontrado en una web. Resulta que aquí (http://www.elecciones.es/) resolveremos, después de 15 preguntas, cuál es el destino de nuestro voto. Así de fácil, así de rápido y para toda la familia. Todo en un click y al alcance de tu mano. Y además ¡es gratis! ¡No tendrás que pensar por más de 10 minutos!. Lo más paradójico en esa web es que en una esquina aparece un eslogan que reza: “el voto consciente”. La verdad, como no sea consciente de que están eligiendo por uno, no le encuentro ningún sentido.

Siendo sincero, a estas alturas no me parece tan extraño que iniciativas como esta salgan adelante y que alguien haya pensado esta aplicación web que, teniendo en cuenta lo que uno ya tiene en la cabeza, se encargue de terminar el proceso de pensamiento y elección. La política sufre un creciente y fuerte desgaste desde que no deja de ser un juego de oferta y demanda. En ella, los votos son lo que al mercado es el capital. El objetivo es saber atraerlo mediante las estrategias más eficaces, de modo que desde el momento en que la eficacia entra de lleno en el juego de la lucha por votos, la política ha devenido en la persecución maquiavélica de la mejor manera de llevarse al ciudadano al bolsillo. Esto explicaría porqué los programas políticos, que se parecen cada vez más a virus que infectan al ciudadano llenándolo de miedos, dogmas y problemas peculiares, son tan eficaces generando esa hambre que nos hace ir angustiados y medio programados a las urnas. Este esperpento se termina fraguando cuando se dan las condiciones para la aparición de una dejación en la elección, que vemos ejemplificado en esa web, en la que tanto el acto de consciencia de si (el autoescrutinio y puesta a prueba de las propias conclusiones) como el de consciencia de lo que se va a hacer (las implicaciones de la puesta en practica de nuestras resoluciones) quedan automatizados por algo que no somos nosotros mismos. Es aquí cuando uno ya es un zombielector que corre a las urnas tambaleante y no solo angustiado y expectante ante una posible cura para los miedos y problemas que en en parte vienen de fuera, del virus que lleva dentro, sino que también lo hace sin ser consciente de porqué ha llegado a las resoluciones que le llevan a un voto determinado, alienado por los productos del mediático mundo actual. En definitiva, puede terminar no siendo consciente de lo que se trae entre manos, lo que resulta doblemente eficaz para los brokers del poder, que habiendo automatizado (y por ello, alienado) la tarea más importante del elector (pensar y elegir), se pueden limitar a crear la pandemia más eficaz para contagiar a la mayor cantidad de ciudadanos posibles y transformarlos en sus zombis.


miércoles, 2 de noviembre de 2011

Brillantes consideraciones III: Karl Marx y Friedrich Engels

"La burguesía no puede existir si no es revolucionando permanentemente los instrumentos y los medios de la producción, que es como decir todo el sistema de la producción y, con él, todo el régimen social. Todo lo contrario que las clases sociales que le precedieron, pues éstas tenían como causa de su existencia y pervivencia la inmutabilidad e invariabilidad de sus métodos de producción. La época de la burguesía se caracteriza y distingue de todas las precedentes por cambios continuos en los sistemas de producción y en las estructuras sociales. Se derrumban las relaciones inconmovibles y mohosas del pasado, junto con todo su séquito de ideas y creencias antiguas y venerables, y las nuevas envejecen ya antes de echar raíces. Se esfuma todo lo que se creía permanente y perenne. Todo lo santo es profanado y, al final, el hombre se ve constreñido, por la fuerza de las cosas, a contemplar con mirada fría su vida y sus relaciones con lo demás."

Manifiesto Comunista, Karl Marx y Friedrich Engels, 1848.