miércoles, 24 de agosto de 2011

Brillantes martillazos II: George Orwell

"La intención de la neolengua no era solamente proveer un medio de expresion a la cosmovisión y hábitos mentales propios de los devotos de Ingsoc, sino también imposibilitar otras formas de pensamiento. Lo que se pretendía era que una vez la neolengua fuera adoptada de una vez por todas y olvidada la vieja lengua, cualquier pensamiento herético, es decir, un pensamiento divergente de los principios del Ingsoc, fuera literalmente impensable, o por lo menos en tanto que el pensamiento depende de las palabras. Su vocabulario estaba contruído de tal modo que diera la expresión exacta y a menudo de un modo muy sutil a cada significado que un miembro del Partido quisiera expresar, excluyendo todos los demás sentidos, así como la posibilidad de llegar a otros sentidos por métodos indirectos. Esto se conseguía inventado nuevas palabras y desvistiendo a las palabras restantes de cualquier significado secundario. Por ejemplo: la palabra libre existía en neolengua, pero sólo se podía utilizar en afirmaciones como <<este perro está libre de piojos>>, o "este prado está libre de malas hierbas". No se podía usar en su viejo sentido de <<políticamente libre>> o <<intelectualmente libre>>, ya que la libertad política e intelectual ya no existían como conceptos y por lo tanto necesariamente no tenían nombre. Aparte de la supresión de palabras definitivamente heréticas, la reducción del vocabulario por sí sola se consideraba como un objeto deseable, y no sobrevivía ninguna palabra de la que se pudiera prescindir. La finalidad de la neolengua no era la de aumentar, sino disminuir el area del pensamiento, objetivo que podía conseguirse reduciendo el número de palabras al mínimo indispensable".

George Orwell, Principios de neolengua, apéndice a 1984

miércoles, 17 de agosto de 2011

Tribus

La visión que tiene el hombre de hoy de los valores resulta a menudo ambivalente: Mientras en algunos casos los valores aparecen como impolutos y resistentes monolitos que, inquebrantables, resisten estoicamente el paso del tiempo y guían al hombre en la vida, en otros casos, encontramos una tibieza infantil e incluso una banalidad oportunista y cínica. Todo esto probablemente sea parte de la onda expansiva de la dura e incendiaria crítica que la puritana sociedad victoriana aguantó en sus últimos días. Otro elemento de esta crítica no son los propios valores de entonces, nacidos de la lenta destilación de productos platónicos y cristianos, sino la propia existencia de Dios y el vinculo de éste con aquéllos. Evidentemente, la falta de un Dios que sustente una forma de vida por medio de mandatos sagrados tiene también mucho que ver en la desfiguración de los valores y la dificultad para dilucidar su sentido. En la actualidad los valores carecen, muy afortunadamente, del aval divino para su subsistencia. Sin embargo, el precio a pagar es la abundancia de valores-pose, falsos valores y valores falsados que terminan estirándose cual chicles, llegando a estar en boca de personajes de lo más dispares. La integración y el multiculturalismo, nacidos en la política de finales del siglo XX adolecen de estos y otros problemas.
Preguntémonos seriamente qué queremos decir con integración. Si el emigrante compra en el mismo supermercado que nosotros, consume cine made in hollywood, sale los fines de semana a ahogar sus penas en alcohol, usa un smartphone y piensa lo mismo que cualquiera no hay que hablar de integración. En todo caso, a lo mejor de un acento horrible para toda la vida, pero nada más. Si ocurre que no viste igual, que piensa algunas cosas distintas (y supongamos que algunas razonablemente reprobables) y compra en sus propios mercados, claramente hablamos de un caso susceptible de integración. Además, en este caso el acento puede ser además de feo, delator.

La integración aparece en algunos casos como una manera tabú de decir asimilación, eliminación de lo otro. En este marco la integración, nacida como un subproducto de la tolerancia, deviene conflicto. ¿Por que? Sencillamente, porque en ciertos lugares la consigna en un primer momento es: “somos tolerantes, acérquense ustedes”, hasta que llega un momento en el que los valores se estiran y la consigna cambia a esta: “Os vamos a tolerar pero tenéis que integraros”. Si la tolerancia es la capacidad que tiene una sociedad para acoger en sus seno grupos de personas cuyas creencias son distintas o manifiestamente contrarias a las del lugar de acogida ¿tiene sentido hablar de tolerancia y de integración a la vez?
Es cierto que donde hay creencias contrarias suele haber conflicto y que el origen del conflicto es el choque de distintas concepciones del mundo. Recordemos la raíz del término tolerancia y pensemos que la convivencia de cristianos católicos romanos y cristianos protestantes en tiempos de guerras de religión fue el principal móvil para su alumbramiento. Entonces era necesario evitar la violencia y generar un clima de sana convivencia, por lo que se buscó que la tolerancia tuviera un hueco en el seno de las nuevas sociedades modernas. La tolerancia fue calando porque aunque hubiera discrepancias, el fondo de cristianos católicos y cristianos protestantes era el mismo. Así, resultaba fácil tolerar las diferencias. Hoy día el clima es mucho más complicado y diverso y el debate gira en torno a la pregunta de si nuestra tolerancia debe ser permisiva con determinadas conductas nacidas dentro de grupos (y en su mayor parte dentro de un cierto credo religioso), que pueden vulnerar derechos positivos reconocidos. Me inclino a pensar que es difícil pensar una integración sin conflicto y sin anulación cultural si hay importantes discrepancias. Pero en cualquier caso mi intención no es bucear por aquí (al menos ahora), sino lanzar alguna sombra en torno a cómo aumenta la presión en favor de una mayor integración contra determinados colectivos. Estas presiones las podemos ver cuando la canciller alemana se expresaba en Octubre de 2010 demandando a los inmigrantes un mayor esfuerzo por integrarse. La cuestión no es si la exigencia está o no justificada o si es necesaria una reformulación del multiculturalismo, porque lo que ocurre es que (otra vez) se pasa de largo del debate, ya que estas palabras son solo la antesala de algo más sórdido y oportunista en el contexto de las actuales vicisitudes económicas: “A principios de los 60 nuestro país convocaba a los trabajadores extranjeros para venir a trabajar a Alemania y ahora viven en nuestro país (...) Nos hemos engañado a nosotros mismos. Dijimos: 'No se van a quedar, en algún momento se irán'. Pero esto no es así”. Para Merkel no parece el momento de abrir un debate en la sociedad alemana, sino más bien el momento de un estiramiento de valores mientras exige con más ahínco una integración más activa en un momento en el que el 55% de la población alemana considera a los musulmanes una carga para la economía mientras que un 30% se considera “invadido”. El ejemplo es alemán porque las cartas parecen haber quedado al descubierto, pero apuesto a que el lector atento y desafortunado ya ha pensado en su país, en su barrio e incluso en su casa.

lunes, 8 de agosto de 2011

140

Lo sagrado en nuestro tiempo ha dejado las iglesias. Esta ha sido desplazada del mundo inmaterial de los cielos, los ángeles y los dones divinos, al universo tangible de los bienes materiales. Y aunque resulte cierto que aun exista una conexión entre lo sacro y una cierta región de valores, la tendencia es otra, en la cual es posible ver un culto creciente e ineludible a los frutos materiales. El desplazamiento, fruto en su mayor parte de los cambios a nivel ideológico que se fueron fraguando al hilo de la revolución francesa y que acabaron en el “desencantamiento del mundo” que señaló Max Weber, es para muchos, con independencia de su tendencia política o idiosincrasia, un cierto despertar que ata al hombre a la tierra y le aleja de felicitantes relatos de vidas futuras, para acercarlo a la vida presente, a la vida de las cosas. Pues bien, nos acabamos encontrado que esta doctrina se ha convertido ella misma en sagrada, y como tantas otras, lo que acaba haciendo es reforzar la envoltura y el tejido de nuestros productos culturales, dándoles la consistencia necesaria para perpetuarse. Parece se ha fraguado una fractura en el mundo de las ideas en la cual un concepto de origen mítico (y supuestamente irracional) como es el concepto de sagrado, abandona su medio natural y se asocia con el concepto de progreso, entendido como el mundo de la persecución de la felicidad por medio de un creciente progreso material. Estamos lejos de decir que dicha doctrina sea falsa sin más. Ahora bien, sin ser falsa no necesariamente debe constituir el summum bonum. Es más, el problema es posiblemente este: mientras alguna de nuestras creencias tenga ese carácter sacro, como puede ser la creencia ciega en Dios (o en el progreso, dicho sea incidentalmente), ella misma puede constituir nuestra propia cárcel. En la medida en que algo tiene el carácter de sacro, planea cerca el buitre que perseguirá todo lo que huela a herejía, todo lo que tenga un aire a “ lo otro”. Ese buitre no dejará ni los huesos de lo heterodoxo. Y ese buitre podemos ser todos.

Platón tuvo que lidiar con creencias sacras en su tiempo. Para ello, se valió de toda su fama e ingenio para realizar una suerte de protofeminismo en la androcéntrica y misógina sociedad griega. De no haber sido uno de los mejores retóricos de la historia y de no haber tenido la fama que tuvo, no me cabe duda que de las doctrinas de Platón al respecto no hubieran sobrevivido. Creo encontrarme en una situación parecida al referirme a internet y a sus productos, con el serio handicap de no tener ni una milmillonésima parte tanto de su fama como de su elegancia al escribir.

Los cambios sociopolíticos y materiales propiciaron un giro radical en la vida de las gentes y en sus formas de pensar, que explican el cambio en la forma de pensar lo sagrado. Lo sagrado se separó de las iglesias y vino a reforzar las nuevas doctrinas del cambio. En el siglo XXI, nada resultó tan revolucionario como la difusión a escala global de la tecnología que hace posible internet. Las virtudes de la red de redes son conocidas por todos. Los cambios que ella provoca se dejan notar, pero muchos (sobretodo que resultan incómodos) resultan complicados de ver. En esto su carácter sacro juega (no por casualidad) un importante papel. Que nadie me confunda prematuramente con un cínico: considero que en este caso el carácter sacro no llega caído del cielo, sino que es fruto de las ventajas que aporta. Ahora bien, como se ha dicho, lo sacro puede devenir en una trampa en la medida en que invalida toda crítica.

La violación de la intimidad es un tema oído hasta el hartazgo, y ese es uno de los cambios incómodos más visibles que trae Internet. Aun así, resulta paradójico cómo encontramos por un lado, el celo en la cuestión de la privacidad, mientras que por otro podría decirse que abrimos la veda en determinados momentos, llenos de fuertes tendencias gregarias. Me veo obligado a decir eso de: Domingo misa y lunes putas. Pero no es esta la clase de contradicción o incomodidad que persigo aquí. Al principio, Internet apareció como una herramienta para la comunicación y la información. Los libros de texto están plagados de simplezas de este tipo. Ahora bien, La pregunta que nadie parece hacerse en los libros es ¿qué tipo de comunicación? Asomarse por primera vez a Internet parece un cuento de hadas (y en cierta medida, afortunadamente a veces sigue siéndolo). La cantidad de información a la que es posible acceder no figuraba ni en los mejores sueños de los más optimistas intelectuales del pasado. Sin embargo, lo que ahora parece ser visto sólo por unos pocos intelectuales del presente se refiere a cómo la información sufre una tendencia doble que puede resultar antinómica. En primer lugar, la información se fragmenta y encapsula hasta el infinito. Prácticamente todo se puede encontrar, pero casi todo se reduce a flashes. El discurso (si es posible llamarlo así) hay que buscarlo con paciencia, porque el otro drama junto al de la ultrafragmentación es el del exceso. La cantidad de información es tal que parece uno encontrarse en un escaparate a rebosar en el que no es capaz de decidirse por nada. Y por si fuera poco, el escaparate no solo está a rebosar, sino que nada, absolutamente nada permanece ahí el suficiente tiempo como para convertirlo en aprovechable. La mutabilidad, la saturación y el flasheo son tales que la información deviene confusión. Al mismo tiempo, Internet ha hecho posible una democratización radical de la comunicación y la información. Todos pueden decir y todos dicen, sin ningún tipo de criterio ni mérito que medie. Se da una libertad de expresión “al por mayor” que, unida a la fragmentación, convierte la unidad básica de transmisión de información en unas pocas líneas o palabras, que terminan por convertir el discurso en un arcaico vestigio del pasado. El paso a unidades de comunicación cada vez más parcas es una realidad y da buena cuenta de lo que Internet puede esconder. Esto puede verse en el paso a mejor vida del software de conversación en tiempo real, dejando sitio a una nueva manera de “conversar” que termina por colmar la red de banalidades y acicalados recíprocos. En este ambiente, los términos “discurso”, “relación interpersonal” y “amigo” están sufriendo desagradables agravios.

Llegados a este punto, no nos preguntaremos qué hace cada uno con internet, sino qué hace internet con cada uno.



lunes, 1 de agosto de 2011

Brillantes consideraciones I: Platón

"Habiendo observado esta virtud del anillo, quiso asegurarse con repetidas experiencias, y vio siempre que se hacía invisible cuando ponía la piedra por el lado interior, y visible cuando la colocaba por la parte de fuera. Seguro de su descubrimiento, se hizo incluir entre los pastores que habían de ir a dar cuenta al rey. Llega a palacio, corrompe a la reina, y con su auxilio se deshace del rey y se apodera del trono. Ahora bien; si existiesen dos anillos de esta especie, y se diesen uno a un hombre de bien y otro a uno malo, no se encontraría carácter bastante firme para perseverar en la justicia y para abstenerse de tocar los bienes ajenos, cuando impunemente podría arrancar de la plaza pública todo lo que quisiera, entrar en las casas, abusar de toda clase de personas, matar a unos, libertar de las cadenas a otro, y hacer todo lo que quisiera con un poder igual a los dioses. No haría más que seguir con este ejemplo del hombre malo; ambos tenderían al mismo fin, y nada probaría mejor que ninguno es justo por voluntad, sino por necesidad, y que serlo no es un bien en sí, puesto que el hombre se hace injusto tan pronto como cree poderlo ser sin temor. Y así, los partidarios de la injusticia concluirán de aquí, que todo hombre cree en el fondo de su alma, y con razón, que es más ventajosa la injusticia; de suerte que, si alguno, habiendo recibido un poder semejante, no quisiese hacer daño a nadie, ni tocara los bienes de otro, se le miraría como al más desgraciado y el más insensato de todos los hombres. Sin embargo, todos harían en público elogio de su virtud, pero con intención de engañarse mutuamente y por el temor de experimentar ellos mismos injusticias".

Platón, Libro II de La República, S.IV a.C.

miércoles, 27 de julio de 2011

Dicho sin ser dicho

A poco que se investigue, es posible topar con la perplejidad que resulta del modo en que las palabras intentan abrazarse a las cosas de ahí fuera para poder nombrarlas, y cómo en ese abrazarse las palabras pueden llegar a bailar ante nosotros, soltando cual fantásticos polvos mágicos su riqueza, sus matices y su misterio. En ese bailar se crean juegos del lenguaje: relaciones entre las palabras y las cosas fruto de nuestro quehacer diario con el lenguaje y el mundo. ¿Y por qué juegos? Como en todo juego, el lenguaje tiene sus reglas constitutivas (la gramática) y sus reglas de uso (la forma en que entendemos que “mesa” es mesa y no sofá o perro o, dicho simplemente, lo que comúnmente llamamos significado). Ahora bien, las reglas pueden ir variando a medida en que los usuarios del lenguaje vayan haciendo variaciones en la forma en que hacen uso de la gramática y de los significados. Y es aquí donde se despliega el misterio del lenguaje. Aparte de nombrar cosas, y gracias al misterio y al oscurantismo que rodea ese baile del lenguaje, es posible crear ilusiones e imágenes con él. Se puede decir sí diciendo no, y lo que resulta más misterioso, es posible decir algo sin haberlo dicho por medio del juego de lo implícito. Señalar esto es abrir el mundo de de lo no dicho en lo dicho, que resulta ser una especie de caja de Pandora en algunos ámbitos. Cuidado, no estamos hablando de un significado paralelo u oculto, sino del hecho de que en las cosas dichas se puedan arrastrar otras tantas que ellas mismas no se enuncian y que pueden llevar más fuerza que lo que se oye y se lee.

Es muy significativo cómo esto se encuentra a la base de los discursos cuyo objetivo es persuadir. La filosofía siempre se redescubre a si misma leyéndose de nuevo con a la luz de las nuevas generaciones, redescubriendo la tinta invisible de lo implícito en lo que el autor dejó por escrito. A menudo se encuentran nuevas y sugestivas formas de leer la obras para reforzar unas u otras tesis según lo encontrado en ese universo de lo no dicho en lo dicho. Sin embargo, hoy la filosofía no anda en forma. La forma más presente de persuasión en nuestros días es la publicidad. La suya no es la persuasión retórica del cara a cara entre la obra y el lector, sino una persuasión con látigo de seda y por qué no decirlo, una dominación legal. No es casual que el sector se encuentre hasta arriba de prostitutas de la cultura venidas de mercenarios grupúsculos de sociólogos, psicólogos e historiadores. Estos son maestros en dos cosas. La primera es conocer las motivaciones y la sensibilidad de las masas. Esta es la piedra de toque de su trabajo. Conocer esto puede hacerles penetrar en el corazón mismo de las gentes, lo que les permite llevar a cabo la segunda tarea, la de crear un discurso para conectar esos móviles y sensibilidades concretas con el nuevo objeto de deseo. El objetivo no es enunciar las bondades del producto para que el sujeto decida si es bueno para él o no en un ámbito abierto y veraz. Esa es una soberana mentira, una complaciente frase de libro de texto. El objetivo no es otro que controlar las emociones del sujeto y moverle de tal forma que necesite ese objeto. El blanco de la publicidad son los sentimientos, la moral, el miedo, las “bajas” pasiones y la quietud interior. Mediante una agitación violenta los sentimientos son retorcidos para que casen con el producto, de modo que solo la adquisición del producto termina con la agitación, con el agobio. Un nuevo producto pone en marcha el proceso de nuevo. Sea como sea, es muy importante el peso de lo no dicho, porque es la base para esta forma de la persuasión-dominación. El filósofo lituano Slavoj Žižek se ganó algunas críticas cuando habló de manera parecida sobre la solidaridad y la cultura eco. No comulgo con todas sus tesis, pero ilustran mucho qué pretendo decir aunque él no hable de la publicidad:


Un fenómeno típico de nuestros días: Starbucks. Es la forma que tenemos hoy de consumir. No compramos solamente café; compramos una ética de la vida, compramos un derecho de admisión en una comunidad donde encontrarse con otras personas y colaborar llevando atención médica a nosequé país pobre de Latinoamérica. Esta es al más grande manipulación postcapitalista: que la caridad y la humanidad sean parte del consumo en vez de ser parte de nuestras vidas. Y no quiero hablar únicamente de los capitalistas malos; ¿no pasa lo mismo con los alimentos bio? ¿Son menos venenosos que los otros? ¡No! Se compran porque ayudan a sentirse bien: “si compro verdura bio, estoy haciendo algo por el planeta”. Así es como funciona el capitalismo.


En el marketing estas consideraciones son vitales, porque en este juego, lo no dicho en lo dicho es obligatorio para que el objetivo de dominar se cumpla por medio de la manipulación de las emociones, apelando a valores y sentimientos que se encuentran siempre por debajo (implícitamente) de lo dicho. Al mismo tiempo, esa forma perniciosa de acompañar las palabras debe estar bien escondida para que la trampa no sea descubierta. En algunos casos, la trampa esconde un buen bajo de alfombra repleto de desperdicios y basura. Intentaré tirar yo mismo de la alfombra y ver qué tipo de basura hay debajo en un caso increíblemente cercano.

Pensada para el mundo real”, reza el eslogan de una maravillosa universidad en la televisión. Lo dicho aquí es que se oferta una completísima institución educativa para depositar en ella la educación propia o ajena y cuyo atractivo reside en lo moderna y actualizada que se encuentra para las necesidades del “mundo real”. Sobre lo no dicho, creo que no sería raro postular una universidad no adaptada al mundo real, ajena al mundo real. Para defender sus bondades, la maravillosa universidad realiza el juego retórico de reforzar su ligazón con el mundo real al lado de otras universidades que supuestamente no lo están. La oferta de estudios de la universidad pensada para el mundo real dibuja bien su contorno, así como también dibuja el contorno de ese mundo real con estos comentarios: “Nuestros postgrados se desarrollan de acuerdo con las necesidades actuales del mercado laboral, en colaboración con las empresas más influyentes”. El tipo de educación es la educación basada en la formación de profesionales para cubrir un nicho laboral. Nada más. La educación pensada para el mundo real de la universidad maravillosa es una instancia mediada por el mercado de trabajo y la empresa (a su vez influenciados por el movimiento de grandes capitales). En este caso, la universidad no cubre sus vergüenzas porque parece ya un hecho que ese “mundo real” es el mundo del tejido productivo. Estudiar en el mundo real es por tanto entrar en el tejido productivo en las mejores condiciones posibles para lograr el ansiado éxito: casa, coche, iphone, tele de plasma, vacaciones regulares en lugares irrelevantes, universidades pensadas para el mundo real para los hijos, etc. Nada más.

En una sociedad cada vez más asfixiada por los poderes económicos en la que la educación superior se encamina a ser colonizada por la empresa (y no hay que buscar pruebas, porque que ellas mismas se destapan), entrar a formar parte del club de las universidades pensadas para el mundo real se convierte en condición necesaria para la supervivencia de las instituciones dedicadas a la educación superior. Esa supuesta universidad irreal sufrirá (¡qué digo! sufre ya) la presión para actualizarse. Necesariamente, adaptará sus estudios a los intereses del mercado laboral porque la presión se hace cada vez más fuerte. Y no solo los poderes económicos ejercerán su fuerza sobre la universidad, sino que la propia llamada del éxito, metida de lleno en el marketing de las nuevas universidades del mundo real, jugará su papel para dominar el futuro de los hombres en su elección, nunca mejor dicho, profesional-educativa. En este marco, las sospechas son dos: La primera es que si las empresas median en la educación, no es de extrañar que sus intereses sesguen los contenidos. La segunda, que en la supuesta ausencia de un nicho laboral para determinados estudios, tampoco es de extrañar que determinados estudios se vean mermados o condenados a la desaparición por falta de rentabilidad.

En el Marketing, lo no dicho en lo dicho resulta ser la caja de Pandora en toda su literalidad. El maravilloso mundo de lo oculto en las palabras se usa para jugar con los deseos e ilusiones y termina por ser una lógica de dominación puesta al servicio del consumo, que lo fagocita todo. Lo triste es que en toda esta historia nadie hace marketing de la honestidad, la imparcialidad y la Universitas. Probablemente resulte una antinomia.

domingo, 17 de julio de 2011

Incómodo hoy

Alguna vez he oído reproches a Ortega y Gasset al respecto de su tendencia a lanzar serias tesis sociológicas sin más fundamento que su propia impresión. Aunque esto pueda ser una imprudencia, me inclino a pensar que quien permanece despierto observando alrededor, acaba depositando en su interior una especie de poso en el que es posible encontrar algo parecido a un “sentir general”. Para esto, no es necesario ningún malabarismo filosófico, sencillamente estando atento es posible pensar de modo generalista, enlazando los sucesos que acontecen, los saberes recogidos y el sentir particular. Me arriesgaré a decir que para colocarse uno en algún lugar, es necesario pensar de ese modo generalista. Hace falta hacerse algo parecido a una idea de mundo y colocarse en él. De lo contrario, no habría manera de saber quién es uno, donde está y hacia donde debe ir. Pues bien, Ortega y Gasset dedicó gran parte de su vida a pensar al hombre en relación con su tiempo, y entendió, tras estar largo tiempo meditando en torno a ese poso, que en su tiempo los individuos se encontraban en una situación incómoda.

En el siglo XX algunos filósofos tenían la confianza de que habían dado con la tecla: el ser humano era libre, era dueño de la historia y la responsabilidad de su autodeterminación recaía en él mismo. Todo lo que un hombre hacía en su vida determinaba su relación consigo mismo, y en cada acción cada hombre se hacía a sí mismo. Algunos lo dijeron tajentemente: El hombre no era nada, el hombre se hacía haciendo. De este modo, la responsabilidad adquiría una nueva y aconcojante dimensión. Al mismo tiempo, encontramos que los primeros años del siglo XX se hicieron tristemente célebres por el gas mostaza, la leva obligatoria, las trincheras, los bombardeos a civiles, los guettos, el esfuerzo de guerra, la movilización total y la censura entre otros pesares. El ser humano no había sido capaz de cumplir con sus propios planes de progreso y su esfuerzo por autodeterminarse y hacerse a si mismo habían resultado como poco catastróficos. Había producido más destrucción que libertad o felicidad, y algo tenía que ser dicho al respecto porque después de todo, cuando ocurren cosas así es que algo realmente no funciona bien. Faltaban aún tres años para el fin de la Segunda Guerra Mundial pero ya en 1942 Ortega y Gasset dijo: “No sabemos lo que nos pasa, y eso es precisamente lo que nos pasa”. Ortega percibía angustia en el ambiente. Y no solo estaba pensando en la guerra y en los horrores que conocía, pensaba también en lo incómodo, angustioso y vergonzoso que en mitad de todo aquéllo resultaba pensar al hombre, porque si el hombre tenía que hacerse a si mismo, tenía que contar con todo esto también. No había lugar donde el hombre se pudiera esconder de sus propios fantasmas.

Las narraciones sobre aquél tiempo, en concreto sobre la Segunda Guerra Mundial, todavía siguen siendo en algunos puntos confusas y siguen creando polémica. Hay disputas serias sobre la naturaleza del holocausto, las causas a nivel sociológico del auge de los totalitarismo y del papel de la técnica en todo esto. Sin entrar en las polémicas, hay algo común a todas ellas y de la que ninguna puede sustraerse. Se trata de la enormidad. El mundo se había ampliado de una manera que resultaba fantástica gracias a la máquina más brutal jamás generada: la unión perfecta y coordinada de todas las máquinas conforme a un plan, con la que era posible casi cualquier cosa. El hombre se sentía incómodo y no sabía qué le pasaba. Posiblemente, le pasaba esta enormidad. Esta enormidad se podía reflejar en muchos ámbitos, pero en el trabajo los nichos laborales se habían diseccionado casi infinitamente y cada parcela de ese mundo laboral se cubría con un individuo, a la manera de un engranaje. Entendido así, como un mero engranaje, las consecuencias de los actos que uno realizaba en su día a día se escapaban del ámbito de lo cotidiano, y la sensación de infinitud y de impotencia se acrecentaba. Crecía la incomodidad.

Hoy parece que todo aquéllo queda muy lejano en el tiempo. Y para olvidar ayuda decir eso de “siglo XXI”, pero la enormidad que atraviesa el mundo en que la la tesis de Gasset fue enunciada no solo persiste, sino que resulta todavía más vasta y desmedida. Términos populares como “aldea global” dan buena cuenta de lo que estoy hablando: La técnica sigue su rumbo en aras de una mayor dominación del mundo circundante; la economía transnacional se nos escapa de las manos; las agencias gubernamentales multiplican cada vez más sus recursos y su burocracia para que nada se les escape; el conocimiento se mide en función de su rendimiento económico; el mundo de las armas ha llegado al absurdo y es posible una aniquilación total; el individuo encuentra una creciente reducción de sus posibilidades y sus expectativas de vida ante una creciente, y en algunos casos absurda especialización que le obliga a tomar decisiones vitales cada vez más pronto y con menos margen de error. Finalmente, la red de redes. Internet juega un papel fundamental en esa sensación de enormidad y en su coordinación (¿o descoordinación?), además de resultar ser contenedora (literalmente) de la vida de las personas. La vida en código. Me encuentro algo incómodo.

lunes, 11 de julio de 2011

Brillantes martillazos I: Theodor Adorno y Max Horkheimer

"El aumento de la productividad económica, que por un lado crea las condiciones para un mundo más justo, procura, por otro, al aparato técnico y a los grupos sociales que disponen de él una inmensa superioridad sobre el resto de la población. El individuo es anulado por completo frente a los poderes económicos. Al mismo tiempo, éstos elevan el dominio de la sociedad sobre la naturaleza a un nivel hasta ahora insospechado. Mientras el individuo desaparece frente al aparato al que sirve, éste le provee mejor que nunca. En una situación injusta la impotencia y la ductilidad de las masas crecen con los bienes que se les otorga. La elevación, materialmente importante y socialmente miserable, del nivel de vida de los que están abajo se refleja en la hipócrita difusión del espíritu. Siendo su verdadero interés la negación de la cosificación, el espíritu se desvanece cuando se consolida como un bien cultural y es distribuido con fines de consumo. El alud de informaciones minuciosas y de diversiones domesticadas corrompe y entontece al mismo tiempo".

Extracto del prólogo de Dialéctica de la ilustración, escrito por Max Horckheimer y Theodor W. Adorno en 1944 y revisado en 1947.