miércoles, 27 de junio de 2012

...y lunes, putas, muchas putas

El tiempo se "mide" porque existe el cambio. De no haber ninguna variación, sería imposible dar cuenta del paso de absolutamente nada. De hecho, nos es imposible imaginar una cosa que pasa por multitud de estados distintos y claramente identificables, pero todos ellos, a la vez. Suceder, suceso, está emparentado con sucesión y a su vez la sucesión tiene mucho que ver con el ritmo, la cadencia. Como en una partitura, el tiempo tiene sentido con la sucesión de las figuras y la variación de tono y timbre. Por ello, en el tiempo el cambio es la clave, a la vez que el ritmo. Encontramos fascinante el ritmo y el cambio porque ambos se relacionan de una manera misteriosa y sublime en las cosas que nos rodean. El primero es la cadencia y la sucesión más o menos repetitiva mientras que el segundo posibilita el primero a través de la diferenciación, aunque sea de "lo mismo en otro momento". Ese juego de identidad y diferencia entre lo mismo que se repite y lo que cambia nos acompaña en otro momento y constituye la base de nuestras inquietudes: qué es lo que cambia y qué es lo que permanece en la sucesión, cómo es la sucesión, cómo es narrada, qué implicaciones tiene la sucesión para nuestras vidas, qué relación hay entre una sucesión y otra...

Aquí se ha sucedido un año, en el que muchas cosas han cambiado y otras muchas no son distintas. Seguir el cambio ha sido una de las cosas que más me ha motivado. El cambio en lo que me rodeaba y el cambio en las ideas. Adorno tenía claro que la tarea de la filosofía era la de "seguir el movimiento de la idea", ver qué ha cambiado en las ideas que nos mueven y nos animan. Y puesto que el movimiento no es más que una forma de llamar a la sucesión, un tipo de cambio en el que un objeto pasa del estado A al estado B, estamos, más o menos con Adorno, en el terreno del tiempo y el cambio. Muchos de los cambios nos han llegado por la red de redes y procedían de nuestro quasi virtual mundo, configurado por la sociedad globalizada-internetizada. Vivimos en un tiempo cambiante en el bajo los acontecimientos que a menudo aparecen en los medios, subyacen unos valores y en general, una cultura llena de contradicciones. Hace un año usábamos la metáfora de las cucarachas para mentar esas contradicciones y esas asperezas culturales. Para mi, las cucarachas son esos insectos resistentes y molestos por los que sentimos una repugnancia tan fuerte e irresistible que nos resulta casi un imposible acercarnos a erradicarlas sin saber que algo malo nos puede pasar. Como hace un año, el empeño en señalar esas cucarachas y tomar conciencia de que la tarea crítica es importante sigue siendo una constante. Ritmo.

Otros cambios han venido de vosotros, los que venís por aquí y hacéis el cambio. "Lo mismo", las sucesión de entradas puede dar cuenta de lo de siempre o de lo distinto en lo que nos rodea. A veces, el sucederse de las cosas adormece tanto que el ritmo puede resultar mortal. Mucho más si al ritmo se le añade un fuerte vacío axiológico, algo nada raro en nuestro tiempo. Por eso, aun no tengo muy claro si el ritmo, ese "mismo" que introduzco cada semana, se puede traducir en algo de cambio (en la conciencia del lector o de la mía misma) o si no es más que un producto manso añadido a la masa. No estoy seguro, pero al menos tengo la esperanza de que la gente que viene, comente  o no, realiza el cambio al ser "lo otro" en la sucesión de las semanas, las palabras y el sentido. Al menos, espero en el pequeño microcosmos de domingos y lunes, de misas y putas, el movimiento de la idea haya tenido alguna razón de ser.

Muchas gracias a todos, Javier Moreno Vilaplana

viernes, 15 de junio de 2012

El poder y la angustia


La naturaleza del poder es siempre esquiva, difícil de atrapar. Se suele decir que el poder emana del pueblo y que debe gestionarse “desde arriba” para hacer felices “a los de abajo”. Desafortunadamente para exaltados y simpatizantes de estos, las cosas distan mucho de poder ajustarse a esquemas de este tipo. La realidad de la gestión del poder, al menos desde un punto de vista teórico, dista mucho de poder ajustarse al sugerente discurso que ahora está en boca de todos. A pesar de que el poder se concentra en unos lugares de la sociedad más que en otros, el poder se ejerce en múltiples direcciones y tiende a extenderse y a atrapar de manera más parecida a una trama o red que a un esquema unidireccional. Dentro de la red, solemos admitir que se hace poderosos quienes que controlan con éxito. A priori, parece que la clave de dicho éxito se basa en que el control ejercido sea satisfactorio:. Esto es, que los de abajo estén contentos con los de arriba. Obviamente, este no es un tiempo en el que esta fórmula funcione, y no lo hace en dos sentidos. Primero, porque las coordenadas socioeconómicas lo hacen imposible y segundo, porque la ecuación es excesivamente simple.

En cada calle, en cada comercio, en cada escuela, empresa o parque se respira una angustia que crece día a día. Se siente cómo la soga se estrecha en torno al cuello con una vivacidad que costaba imaginar tiempo atrás. La indiferencia con que se miraba por la tele los acontecimientos de la plaza Sintagma se ha transformado en una incipiente fraternidad en la vergüenza, la frustración y el miedo. Un miedo que toma la forma del fuste y el yugo. El fuste se levanta contra las gentes en forma de endurecimiento de penas por desobediencia y otro género de leyes creadas ad hoc en vista de conflictividad social y ensayos de cargas policiales a pequeña escala, como vimos en Valencia el pasado mes de Febrero. El yugo es el miedo alienante que transforma los intereses macroeconómicos en los intereses de las gentes de a pie, que aceptan con resignación y terror la amputación de condiciones de vida ganadas con el fruto del trabajo de generaciones. Por si fuera poco, la tolerancia, la empatía y la capacidad de juicio también están en serios apuros. España está viendo desaparecer una generación entera de jóvenes que marchan al extranjero en igualdad de condiciones que aquéllos dignísimos inmigrantes que vinieron y ayudaron a levantar el país y que hoy se marchan sin que se les haya dado ni las gracias. Es en estas circunstancias en las que se va a privar a los pocos que no pueden ni marcharse de una atención médica decente, contribuyendo con ello a sembrar en la sociedad recelo y resentimiento en un tiempo en el que la fraternidad puede resultar nuestro único consuelo. La puntilla en toda esta maraña de desesperación  pueden representarla las palabras de Pujalte en la entrevista concedida a Salvados varios meses atrás. Cuando al final de la entrevista Jordi Ébole insinúa que la transparencia de los partidos deja mucho que desear y que puede resultar razonable que la gente no se sienta representada y  que se encuentre a disgusto con el sistema político, la respuesta de Pujalte hiela la sangre a la vez que cruje el sentido común: "Entiendo que hay medios de comunicación que están jugando en una senda muy peligrosa, que es llevar el país a pensar que la democracia es peor que un sistema donde no haya democracia". Todo un ataque al mejor medio de perfeccionamiento que tiene el ser humano: el juicio crítico. En suma, tenemos una realidad muy poco aciaga, muy complicada para la gente frente a la que los poderosos fallan. Con todo, hay algo latiendo que provoca una dosis mayor de ineficacia e incertidumbre.

Los problemas que se sufren tienen un calado que parece despistar a los dueños del poder por un lado y desconcertar a una sociedad que mezcla el hartazgo, la indignación y el miedo a partes iguales. Tengo la sospecha de que las personas que se hayan en los lugares de mayor concentración de poder de nuestro país dejan bastante que desear y son, con mucho, una generación de españoles bastante menos competente que las remesas de profesionales que llevan haciendo las maletas desde bastante antes de la crisis. Las estructuras de los partidos y de la organización política y las formas en que el corporativismo se hace con instituciones públicas y privadas ayudan a que la situación actual cueste de manejar y pueden, al menos en parte, explicar porqué los dueños del poder no hacen nada. Sin embargo, el cortocircuito en el poder va más allá de la incapacidad de la clase política y de la gangrena que mata de inmovilismo a muchas instituciones. La pregunta no es sólo porqué no se hace nada, sino el porqué, qué es lo que cuesta. Muchos tenemos la mosca detrás de la oreja y dirigimos la mirada a las dificultades que tiene el poder de mantenerse fuerte a la par que legitimado en una época en la que los cambios amenazan la estabilidad. Hemos dicho que el poder es control, pero también estabilidad. Para que el ejercicio del poder sea justo se hace necesaria la existencia de instituciones duraderas y estables para que el susodicho ejercicio del poder pueda darse en el tiempo. Por eso la afirmación que reduce el poder en una relación unidireccional arriba-abajo es simple. El poder necesita afianzarse para ser viable, porque de lo contrario devendría un caos con resultados complicados de predecir. Estas ideas, de fuerte influjo moderno, son las que parecen encontrarse en el corazón de nuestra concepción del poder, y tanto si nos gustan las estructuras que lo gestionan y estamos enamoradas de ellas como si queremos destruirlas para crear unas radicalmente distintas, solemos conservar estas intuiciones, que acaban  colándose en el seno de nuestros estatutos, constituciones, leyes, normas...etc., de modo que podemos decir que el poder tiende al autorrefuerzo. Hannah Arendt no lo pudo expresar mejor: "el revolucionario más radical se convertirá en un conservador el día después de la revolución". Estas intuiciones generan una tensión casi tan fuerte como la soga de las actuales vicisitudes económicas: la relación entre los sistemas ultra-burocratizados, que persiguen la estabilidad por un lado, frente a un tiempo en el que internet, las rupturas de valores, la fragmentación y la alienación del sujeto demandan a las estructuras de poder unos cambios que podríamos decirles que les pillan "a contrapié", por otro. De este modo nos encontramos que al tiempo que se suceden importantes cambios en medio social producto de la sociedad de la información y de la globalización, la dificultad y la enormidad de los problemas del momento debilita la legitimidad y la fuerza de los gobiernos, que no ven una opción a corto plazo que no sea blindarse y levantar el mentado fuste e intentar poner el yugo. La clave para entender estas tensiones estriba en que la globalización ha hecho emerger problemas globales a los que los gobiernos particulares no son capaces de hacer frente en solitario, lo que termina produciendo desgaste, parálisis y deslegitimación.

A menudo pienso que las cosas estarían mejor si fueran tan fáciles como en los cuentos o como en los metarrelatos modernos. Ojalá todo fuera arriba y abajo, nosotros y ellos, izquierdas y derechas, buenos y malos... Más bien lo que ocurre es que tenemos un " nosotros" y "ellos", "izquierdas" y "derechas", "buenos" y "malos". Pero, pensándolo mejor, posiblemente esto sea lo que haga todo esto algo acojonante a la par que estimulante.

viernes, 1 de junio de 2012

El cajón IV: Aldof Eichmann, 50 años desde la soga

Eichmann durante su juicio

Exactamente hace 50 años, Adolf Eichmann, artífice de la solución final ideada por Hitler, fue ejecutado en Jerusalén. El Pais reconstruye el proceso y hace una curiosa crónica del llamado "caso Eichmann" que trae cierta miga.

jueves, 31 de mayo de 2012

Brillantes martillazos VII: Zygmunt Bauman

<<En todo amor hay al menos dos seres, y cada uno de ellos es la gran incógnita de la ecuación del otro. Es lo que hace que el amor parezca un capricho del destino, ese inquietante y misterioso futuro, imposible de prever, de prevenir o conjurar, de apresurar o detener. Amar significa abrirle la puerta a ese destino, a la más sublime de las condiciones humanas en la que el miedo se funde con el gozo en una aleación indisoluble, cuyo elementos ya no pueden separarse. Abrirse a ese destino significa, en última instancia, da libertad al ser: esa libertad que está encarnada en el Otro, el compañero en el amor. Como lo expresa Erich Fromm: “En el amor individual no se encuentra satisfacción sin verdadera humildad, coraje, fe y disciplina”; y luego agrega tristemente que “en una cultura en la que esas cualidades son raras, la conquista de la capacidad de amar será necesariamente un raro logro”.

Y lo mismo ocurre en una cultura de consumo como la nuestra, partidaria de los productos listos para uso inmediato, las soluciones rápidas, la satisfacción instantánea, los resultados que no requieran esfuerzos prolongados, las recetas infalibles, los seguros contra todo riesgo y garantías de devolución del dinero. La promesa de aprender el arte de amar es la promesa (falsa, engañosa, pero inspiradora del profundo deseo de que sea verdadera) de lograr “experiencia en el amor” como si se tratara de cualquier otra mercancía. Seduce y atrae con su ostentación de esas características porque supone deseo sin espera, esfuerzo sin sudor y resultados sin esfuerzo.

Sin humildad y coraje no hay amor. Se requieren ambas cualidades, e cantidades enormes y constantemente renovadas, cada vez que uno entra en un territorio inexplorado y sin mapas, y cuando se produce el amor entre dos o más seres humanos, éstos se internan inevitablemente en un terreno desconocido>>.

Amor líquido, Zygmunt Bauman, 2003.

viernes, 25 de mayo de 2012

Ortopedia sentimental




“Aquí y ahora” es la máxima que rige buena parte de nuestro modo de vida. Si hay dinero y hay un deseo, el famoso meme “shut up and take mi money!” se hace cómicamente real. El problema en este juego es que de entre todas las cosas susceptibles de ser comparadas, hay un grupo de cosas cuya compra, si resulta posible, resulta a través de un sucedáneo envuelto en plástico. Es posible que con dinero, el envoltorio y el propio producto aparezcan presuntamente personalizados, libres de riesgos, previsibles, controlados y eficientes. Estarán tan perfectamente imbuidos de los valores del mercado de lo comprable que los productos se nos antojarán perfectos. Sin embargo, un sucedáneo es siempre eso, un sustituto, una suerte de paliativo que no termina con la fuente del problema. De hecho, la industria de la mercadotecnia suele dedicar muchos esfuerzos en que no detectemos el desplazamiento cada vez más acusado hacia los valores del control, la previsibilidad y la eficiencia en sus productos (que se destinan a su vez al control, la previsibilidad y a la eficiencia de sus destinatarios), pero ocurre que al tratar del tema de los afectos y el contacto sexual, la comunicación y el intercambio, el sucedáneo paliativo resulta tan manifiestamente protésico que la condena al más miserable de los vacíos que se hace al sujeto asusta.

Los valores del mercado se han hecho lo suficientemente fuertes como para que el hedonismo y la satisfacción personal tengan que convivir con la eficiencia y el disfrute inmediato que mueve la maquinaria del consumo, lo que supone en el campo de las relaciones personales un auténtico cóctel de vacío. Las gentes quieren satisfacción inmediata en un campo, el campo de los afectos, en el que los riesgos, las asperezas y el miedo son lo normal en dicho campo. Miedo a la pérdida, a la aceptación, al dolor, al despecho, miedo a la insatisfacción, a las ataduras y a la privación de libertad. Los miedos son legítimos y diría que connaturales a los afectos. Hasta la llegada de los productos y la maquinaria de la mercadotecnia a este ámbito, la afectividad solía encararse enfrentando la complicada maraña sentimental que nos unía y nos desunía con las herramientas que teníamos: nuestros propios afectos, razones y sentimientos y nuestra voluntad comunicativa. Ahora irrumpen los valores de control y eficiencia y con ellos prótesis emocionales y sexuales: irrupción de toda clase de géneros porno, “vegetarianismo sexual”, parejas vacías, hentai y burbujas virtuales, prostitución gourmet, mercantilización de fantasías, juguetes sexuales de disfrute en solitario y en suma, control y eficiencia en los placeres y destierro afectivo. El mensaje está latiendo por debajo: los afectos deben ser domados y controlados, sin importar el precio a pagar. Ante nuevo mandato mercantil, la pregunta clave es cómo domar lo que es esencialmente indomesticable. El sucedáneo de respuesta por parte de los creadores del imperativo son los productos y la deshumanización del contacto personal: “compre nuestras prótesis y realice su ortopedia sentimental. No se implique con nadie y no haga caso de las llamadas del otro, no sea vaya a lastimarse”. Cada asentimiento, cada paso en ese sentido introduce en la conciencia colectiva más tolerancia al control y más virulencia en los mensajes futuros destinados ese fin. La importante cucaracha que conviene recordar y que convive con nosotros y nos recuerda nuestras contradicciones, viene a recordarnos que las pasiones, las emociones y los afectos, son a la vez nuestro triunfo y nuestra caída. En suma, una fuente de alegrías pero también de tristezas. Es este último aspecto el que la industria aprovecha metiendo el dedo en la llaga y elevando a hipérbole los riesgos, haciéndonos esclavos de nuestros propios miedos para después, colgados de sus productos y absorbidos por los valores del control y la eficiencia, transformarnos en robots sentimentales acostumbrados a procedimientos que, obviamente, tienen que ver con el control y si es posible, con el consumo. En este sentido resulta paradójico que las Love dolls japonesas, aparte de tener el término “love” en su denominación, mantengan todavía aspecto humano, ya que en principio su objetivo es hacernos olvidar las tensiones afectivas que subyacen al contacto personal y sexual. De hecho, si la mercantilización del sexo y de las relaciones humanas sigue su curso con el ritmo y la eficacia que se lleva en Japón, la vanguardia son los tenga: un bote con un agujero y gel lubricante dentro.

Con todo, no creo que sea necesario necesario recurrir a ninguno de los productos del mercado del sexo seguro, controlado y privado de desagradables sorpresas afectivas para encontrarse jugando a este juego. En el momento en el que el control ansioso se instala en los sentimientos, estos productos ya están con nosotros, instalados en nuestra conciencia, colonizando con miedo (en este caso hiperbólico e insoportable) nuestra afectividad, condenándonos a ser neutrinos emocionales. En el documental El imperio de los sin sexo”, el presidente de Tenga, en una escena no exenta de cierto patetismo y a través de unas pocas frases, expresa poderosas intuiciones que forman las contradicciones y los terrores emocionales que llevan a que esta “nueva afectividad” proclamada tenga éxito a nivel material y a nivel emocional:

Tenga no substituye a la sexualidad. Es un instrumento de masturbación masculina fruto de numerosas investigaciones para tratar de maximizar el placer masculino. No hemos querido imitar una vagina. Tenga es un objeto higiénico, nada peligroso.

El lenguaje está cargado del código de la publicidad y de la gran empresa. Primero encontramos el mensaje de bienvenida y de “sacudida de responsabilidades”: posiblemente tenga no esté pensado en substituir a la sexualidad, pero de hecho, tenga es un objeto sexual que de hecho parasita el espacio de la sexualidad como suele entender. De hecho, las cifras de venta de tengas solo suben, y eso es lo que importa para la empresa. En cualquier caso, las palabras que reflejan las paradojas que mencionamos están en la triada “placer”, “vagina” y “peligro”. Es cierto que todo el mundo querría correrse y disfrutar del sexo maximizando los placeres y minimizando los sobresaltos. El problema no es este, sino el retrato del sujeto al que van dirigidos estos mensajes y el poso que subyace en ellos. Ese sujeto es un ser al que se le presenta el universo afectivo como algo agresivo y angustiante al que tiene que hacer frente mediante una individualidad hedonista y cerrada. Esta imagen se cultiva a través de la repetición hasta el hastío de mensajes cargados de miedo y ansiedad, propios de la industria de la cultura y la mercadotecnia. La higiene y las prótesis se cuelan en nuestra sexualidad por medio de una imagen de nuestra afectividad deformada a partir de nuestros miedos, que sume al sujeto en una soledad y amargura que le lleva de las prótesis emocionales a las prótesis sexuales. Pagar, quitar el envoltorio de plástico, destapar, abrir, meter.



domingo, 20 de mayo de 2012

De delirios de grandeza, historia y relatos

No soy muy dado a esos discursos que proclaman que “la historia se repite” y que ahora, en tiempos aciagos, están tan fuertes. Precisamente por el hecho de que contamos la historia y que al hacerlo se sucedan unos momentos a otros podemos decir que no hay repetición alguna. De otro modo, lo que habría sería una única historia, contada en todos los momentos, lo cual sería una farsa condenada al fracaso que obligaría constantemente a falsear la actualidad. En este punto, me siento tentado a decir que aun hoy, hay gentes empeñadas contar, creer y descubrir “el gran relato del mundo” que daría cuenta de toda situación en todo momento. T.Adorno tenía para esto un nombre: delirio.

Lo cierto es que nuestra cultura moral y nuestra concepción del tiempo nos impiden pensar que las cosas vuelven a pasar tal cual. Procuramos no mezclar el pasado con el futuro porque esas primitivas nociones nos han ayudado a ordenar las cosas espacio-temporalmente para intentar mejorar o, simplemente, para no repetir errores. Y es que en el fondo de nuestro imaginario cultural subyace la idea de que por mucha influencia el pasado tenga en nosotros, creemos que el futuro no está escrito en ninguna parte, aunque a veces, encontremos similitudes. De hecho, todo cuanto podemos hacer es establecer relaciones, paralelismos y analogías para comprender, a través de un diálogo entre el presente y el pasado, qué es lo que podría ocurrir en un futuro. Esto sin embargo, no implica en absoluto que un momento sea igual a otro en el tiempo. Alguien podría aducir que en “el fondo, esencialmente o en su estructura profunda” un momento es igual a otro, de modo que sería cierto que la historia se repetiría. Aquí encontramos, otra vez, la piel de plátano del delirio que señalaba Adorno, volviendo de manera astuta de a sombra. El término igual es la piel de plátano que nos hace fundir pasado, presente y futuro bajo el paraguas de alguna brillante teoría o lo que es peor, bajo un eslogan político. Si a nuestro interlocutor le pedimos que substituya la palabra igual por como, la fusión ha quedado dilapidada y nos encontramos de nuevo con un ejercicio de comprensión, interpretación y relación, no con el delirio de la causalidad unidireccional y ciega que no atiende más que a los términos de la gran historia y menos a la materia de las suposiciones, que no es otra cosa que la actualidad, con sus múltiples rostros y contornos.

Con todo, el metarrelato es sugerente porque es en el fondo simple (con el permiso de Hegel y Heidegger). Con unas pocas ideas es posible dar cuenta del caos de la actualidad y estar en posesión de la más absoluta de las verdades, del criterio más fuerte de discriminación entre lo justo y lo injusto, el bien y el mal. Por ese motivo, el descrédito del gran relato no ha terminado de fraguarse y las imposturas de oradores inflamados de odio y radicalismo están ahora tan en boga y con ellos, sus extrañas identidades y fusiones históricas y su empeño en acomodar la actualidad para extender el delirio allá por donde pasan. Es en estos tiempos complicados, llenos de angustia y prisa, cuando suele faltar la agudeza para distinguir el delirio de la brillantez, la analogía del brochazo gordo y al aprendiz de caudillo del verdadero intelectual.